Y sigo aprendiendo a vivir esta nueva etapa.
La etapa en la que mi hija mayor ha emprendido su propia vida. Esa en la que empiezas a escuchar cosas que, aunque sabes que son normales, al corazón le cuesta un poco entender.
«Mamá, no pude ir a verte». Mi pareja se sintió mal y al final no pudimos.
Y entonces respiras. Y entiendes.
Entiendes que no es que no quisiera verte; no es que no tuviera ganas de estar contigo. Es que ahora su vida ya no depende solamente de ella.
Ahora su mundo también tiene a otra persona. Y eso, aunque a veces duela, también es amor.
Porque llega un momento, en el que nuestros hijos dejan de ser ese pequeño mundo que giraba alrededor de nosotros y empiezan a construir el suyo propio.
Y ahí nos toca aprender algo que ninguna madre aprende de un día para otro: a ocupar nuestro lugar sin sentir que hemos perdido el nuestro.
Porque una madre siempre será madre. Siempre estará ahí. Siempre habrá un lugar en el corazón para un hijo.
Pero cuando un hijo decide construir su hogar, ese hogar debe convertirse en su prioridad.
Y sí…decirlo es fácil.
Vivirlo es otra historia.
Porque una cosa es saber que algún día sucedería, y otra es, encontrarte frente a esa realidad y tener que aceptar que ya no eres tú quien ocupa el primer lugar en muchas de sus decisiones; y entonces descubres algo maravilloso: NO TE HA DEJADO DE QUERER.
Simplemente ha aprendido a querer desde otro lugar.
Ya no necesitas estar presente todos los días para sentirte cerca. Ahora hay llamadas, mensajes, cafés compartidos, visitas cuando se puede3 y abrazos que se disfrutan mucho mas, porque ya no son cotidianos.
Y poco a poco vas entendiendo que el amor no se mide por la cantidad de tiempo que compartimos, sino, por el lugar que seguimos ocupando en el corazón del otro.
Así que aqui estoy.
REESCRIBIENDO MI HISTORIA.
Aprendiendo que la vida no se detiene cuando nuestros hijos crecen. Al contrario, nos invita a crecer con ellos.
A soltar sin abandonar.
A acompañar sin invadir.
A estar sin exigir.
A querer sin poseer.
Porque nuestros hijos, no vienen a quedarse para siempre bajo nuestras alas.; vienen a aprender a volar; y cuando finalmente lo hacen, nuestro trabajo no termina.
Simplemente cambia; y quizás una de las formas mas bonitas de amar sea precisamente esa:
Verlos volar, aunque una parte de nosotros quiera seguir sosteniéndolos.
Porque también eso es amar.
Aprender a amar de otra manera.
Contigo espacio…