Se que muchas mujeres, al leer esto, se van a sentir identificadas conmigo.

Sé que existen mujeres que llegan a los 40 o a los 44 años y apenas están comenzando su maternidad. Pero también estamos las que ya tenemos hijos grandes y estamos viviendo una etapa de la vida de la que se habla muy poco.

Porque cuando los hijos crecen, también llegan muchos cambios.

Llega ese momento en el que tu hijo empieza a querer construir su propio nido.
En el que aparece la posibilidad de que se vaya de casa.
En el que comienza a hacer su propia vida.

Y nadie habla demasiado de ese momento. Nadie habla de ese duelo tan profundo que vive una madre cuando tiene que empezar a soltar.

Porque, aunque nuestros hijos crezcan, nosotras seguimos sintiendo ese cordón invisible que nos une a ellos.

Cuidar.
Proteger.
Preocuparnos.
Resolver.
Acompañar.
Estar pendientes.

Y cuesta. Cuesta muchísimo.

Porque cuando tu hijo te dice que se va, o que quiere empezar su propia vida, hay un choque con la realidad que es inevitable.

Y es justo en ese momento, que debes recordar algo:

Tu hijo no se va porque haya dejado de quererte.

Se va porque tiene que vivir.

Tiene que equivocarse.
Tiene que aprender.
Tiene que amar.
Tiene que construir su propio hogar.
Tiene que escribir su propia historia.

Nosotros no tenemos hijos para nosotros. La vida nos los presta durante un tiempo para que podamos acompañarlos, disfrutarlos, enseñarles y quererlos en cada una de sus etapas. Y después llega el momento de devolverlos a la vida.

Aunque hacerlo duela. Y una madre puede sentirse sola.

Puede vivir un duelo.

Puede llorar.

Puede extrañar.

Puede echar de menos tenerlos bajo sus alas.

Y todo eso también está bien. No tenemos que fingir que solamente sentimos felicidad porque nuestros hijos están creciendo y formando su propia vida; podemos estar felices por ellos y, al mismo tiempo, sentir tristeza por nosotros.

Podemos estar orgullosas y sentir vacío.

Podemos celebrar que encuentran el amor, que forman una familia, que construyen su hogar… y al mismo tiempo echar de menos aquellos días en los que éramos una parte imprescindible de su mundo.

Porque ser madre también es aprender a soltar.

Y quizá una de las partes más difíciles de la maternidad sea esta: seguir amando con la misma intensidad, pero desde un lugar diferente.

Ya no estás en primera fila de cada decisión.

Ya no puedes protegerlos de todo.

Ya no puedes solucionarles la vida.

Ahora los miras un poco más desde lejos.

Como espectadora.

Pero sigues estando.

Sigues siendo madre.

Y aunque cambie la forma de estar, el amor no se va.

La historia no termina cuando nuestros hijos se marchan de casa.

La historia continúa.

Solo que ahora ellos comienzan a escribir sus propias páginas…

y nosotras tenemos que aprender reescribir las nuestras. ❤️

Contigo espacio…