La vida se trata de aprender.
De evolucionar con lo que te pasa.
De no anclarnos en el dolor.
Porque el dolor siempre va a existir.
No todo va a salir como tú quieres que salga. No todo va a ser como tú quieres que sea. Y tus hijos tampoco van a hacer siempre lo que tú deseas que hagan. Y está bien.
Tú educas para que, en un futuro, independientemente de lo que ellos quieran ser, sus valores se mantengan. Que sus raíces permanezcan firmes. Que la formación que recibieron esté presente en cada decisión, en cada camino que elijan. Porque los valores son las raíces, son los cimientos de cualquier educación.
A partir de ahí, tus hijos crecen, se independizan, forman su vida… y a ti te toca reescribir la tuya. Como bien lo he estado contando, explicando y manifestando, yo estoy reescribiendo la mía.
De un tiempo para acá decidí emprender algo nuevo. Algo que nunca pensé hacer. Y un día me dije: ¿Por qué no?
Simplemente, lo intente; decidir ocupar mi mente en algo positivo, que sume a mi vida, no solo conocimiento sino la capacidad de obligar a tu cerebro a dar mas de lo que da. Me lance ….. Hice una página web y me salió genial…. después decidí hacer otra, mucho más complicada.
Y sí, realmente el dueño de esa página web es bastante exigente.
En un principio quise dejarlo todo. Pero después pensé:
¿Por qué no?
Porque la exigencia te hace crecer. Te lleva a la excelencia. Y en eso estoy. Aprendiendo todos los días algo que nunca sabía hacer y que jamás imaginé que haría.
Y quizá de eso se trata también la vida. De atrevernos.
De atrevernos a hacer cosas nuevas, cosas diferentes. De permitir que nuestros días suenen y se vean diferentes.
Porque no todo el tiempo pueden ser días grises. Ni todo el tiempo días de colores.
Existen los matices. Y eso también está bien.
Está bien sentirnos apagados.
Está bien sentirnos alegres.
Está bien sentirnos como queramos sentirnos.
Está bien llorar. Quedarte en la soledad y llorar.
¿Por qué no?
Muchas veces esa soledad la necesitas y no quieres compartirla con nadie. Es tuya. Y en ella simplemente lloras porque echas de menos a personas muy importantes en tu vida.
Y después respiras. Y sigues.
Hoy estoy aquí, reescribiendo mi vida, mi día a día. Profesionalizándome en algo que jamás imaginé hacer.
Y hoy lo estoy logrando.
Gracias, Yolimar.
Gracias por seguir.
Por siempre intentarlo.
Por nunca dejarlo.
Porque aunque muchas veces sientas que fracasas, sigues ahí, intentándolo una y otra vez.
Y gracias, Yolimar.
Gracias porque formste dos hijos maravillosos.
Y esa hija que hoy ya no está contigo como antes, porque emprendió su propia vida, siempre fue y será ese trampolín que todos los días te impulsa, incluso después de los fracasos, a seguir adelante.
Gracias, hija mía.
Gracias, hijo.
Los amo.
Y hoy entiendo que quizá reescribir mi vida no significa empezar de cero.
Significa tomar todo lo que he vivido, todo lo que he aprendido, todo lo que he amado… y atreverme a escribir el siguiente capítulo.
Contigo espacio…